Es lacerante ver morir a cualquier persona. Más aún, lógicamente, si se trata de un ser querido. Es igualmente dramático tener constancia, únicamente, de su fallecimiento; enfrentarse a su cuerpo inerte. Lo que hace nada fue un hervidero de emociones e ilusiones, es en ese momento una estatua, la última instantánea de un álbum vital en el que caben alegrías y tristezas, recuerdos de toda índole. Una última imagen a la que algunos prefieren no echar un vistazo, para retener únicamente sonrisas y sorpresas, momentos y estampas felices que vienen a nuestra mente de forma recurrente y nos confirman que, efectivamente, tenemos sobrados motivos para querer a quiénes nos rodean. Eso es un drama, sí, pero aun lo es más el no tener la oportunidad de velar a tus muertos, de aferrarte a ellos en un último abrazo que desearías fuera interminable. Debe ser terrible imaginar a un allegado abandonado en una cuneta, pisoteado en una ignota fosa común, como un despojo. Lo denota simplemente la emoción, la sensación de alivio que se percibe en los familiares que reciben restos una vez resuelto el correspondiente agravio. Y sólo por eso, al margen de ideologías, reivindicaciones y toda disputa, merece poner en valor y trabajar por la recuperación de la memoria histórica, configurar un mapa de emociones.
En ello estamos. Hoy mismo he tenido el triste privilegio de entregar a sus familiares los restos de un labrador desaparecido hace casi 74 años, con sólo 35 años de edad. Según dicen, Primitivo Fernández de Labastida fue fusilado y enterrado junto a una carretera, en el puerto de La Tejera, en el mismo lugar donde fue hallado hace dos meses y medio, merced a la colaboración entre nuestra Dirección de Derechos Humanos y la Sociedad Aranzadi. Han tenido que pasar más de siete décadas de hipótesis, rumores, desazón e incomprensión para ver cerrado el círculo, para poder celebrar el funeral de un hombre inquieto, aficionado a la poesía, a quien el propio Miguel Hernández, tras compartir habitáculo y conversación en un viaje, escribió un poema para que fuera leído en la comunión de su sobrina. Sólo una anécdota, un verso luminoso, en una vida truncada por la sinrazón de la guerra.
Por otra parte, el Consejo de Gobierno aprobó ayer la orden de nuestro Departamento por la cual se convocan subvenciones “para la realización de actividades y proyectos de recuperación de la memoria histórica dirigidas a establecer un marco de reconocimiento público de quienes fueron perseguidos y sufrieron sanciones y condenas injustas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, por su defensa de la libertad y los valores democráticos”. Las ayudas, un simple granito de arena, se dirigen, sigo copiando, “a entidades que en el año 2010 trabajen en actividades conmemorativas, de investigación y difusión de la memoria histórica, fomentando las aspiraciones de reconciliación, convivencia y respeto a los derechos humanos que hay en nuestra sociedad”.
Me apetece recordarlo aquí, para realzar la importancia de la iniciativa, por si la noticia ha quedado también sepultada bajo la ingente cantidad de información que este mundo y sus habitantes generamos, y deglutimos, cada día.
1 comentarios:
Sin duda alguna, a todos aquellas familias represaliadas en la guerra incivil les ha quedado un poso de amargura al no poder recuperar los restos de sus seres queridos.
Es por eso que la tarea de recuperación supone una reparación y una extraordinaria ayuda a aquellos a los que les fue arrebatado todo.
Porque una de las peores formas de castigo es no saber qué fue de tu padre, de tu hermano, de tu abuelo. En qué cuneta reposan sus restos.
Por eso es estraordinaria la labor que están realizando gentes como los responsables de la Sociedad Aranzadi. Unos investigadores infatigables y completamente implicados con las familias de los fusilados y desparecidos.
Al menos, desde nuestra familia, sólo podemos dar las gracias por su ayuda.
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