martes, diciembre 21, 2010

¿QUIÉN DA LA VEZ?

“Una adolescente madrileña, de 14 años, ha pasado secuestrada y explotada sexualmente dos meses en Arroyo de San Serván”. Lo he leído hace un rato en el elpais.com. La noticia se repite en casi todos los digitales (“Una menor de 14 años, obligada a prostituirse en Badajoz”; “Se suicida uno de los detenidos por abusar de una menor en Badajoz”; “Hallan muerto a un ex concejal acusado de tener sexo con la niña prostituida”; “Encuentran muerto a un ex concejal de IU que pudo abusar de la niña liberada en Badajoz”…), pero su lectura reiterada no aplaca mi congoja. Las atrocidades en las que están involucrados menores, niños, me repulsan y preocupan especialmente.

Nada tiene que ver mi presencia, el sábado, en la inauguración del Parque Infantil de Navidad. Tampoco, quiero pensar, la reciente relectura de ‘Carta de una desconocida’, del vienés Stefan Zweig, donde el pasaje en el que la ‘desconocida’ alude a la muerte de su único hijo, a la lacerante pérdida de su “pequeña y frágil vida”, volvió a producir un inquietante cosquilleo en mi espalda. Haber criado a dos hijos sí sensibiliza ante esas cuestiones. Eso sí.

Quizá por eso el sábado también me costó creer que un sujeto cometiera en Denia la bajeza de descerrajar un disparo en la cabeza de su hijo de cuatro años, por mucho que la custodia del mismo hubiera recaído en su ex pareja. Igual que, dos meses antes, digerí con dificultad que otro enajenado matase y emparedase a su pareja, junto a sus criaturas de dos y seis años, en la bañera del piso que habían compartido en Tarragona. Macabro y hediondo sarcófago de cal y cemento.

Y es que la galería de los horrores no la completan únicamente el ‘Monstruo de Charleroi’, el ‘Carcelero de Amstetten’ y otros tarados foráneos. Un titular del fin de semana elevaba a 20 la cifra de menores asesinados este año por sus progenitores en España.

Yo no soy flaca de voluntad, no comparto eso de que un pesimista es un optimista bien informado, no exclamo ‘¡paren el mundo, que yo me bajo!’. Pero a una, lo dicho, sí le afectan tantas barbaridades y sí le gustaría, al menos, renovar su afiliación al sindicato de las buenas intenciones, del noble comportamiento, del cariño, de la lógica, de la educación. ¿Quién da la vez?