Estos días el flamenco ahonda su condición de lamento, ese matiz desgarrado que le emparenta con estilos como el remoto blues y el vecino fado. No habían pasado diez días desde el fallecimiento de Xabier Lete, defensor de la cultura vasca en tiempos del movimiento Ez Dok Amairu (junto a su compañera Lourdes Iriondo y colegas como Mikel Laboa y Benito Lertxundi), cuando los noticiarios certificaban ayer la muerte de Enrique Morente, un gigante que se va.Fue Morente un cantaor que se antoja irrepetible, capaz de compaginar el respeto a la tradición, el apego a la raíz, con el inconformismo y una audacia que le llevó a encontrar abrigo en la distorsión de las guitarras eléctricas de sus paisanos Lagartija Nick, a adaptar a Leonard Cohen y a poner voz a poemas de otro genio: Pablo Picasso. A no resignarse, a clamar contra las atrocidades que comete el ser humano, y a abrir su última grabación hasta la fecha, Pablo de Málaga (estrenada en el frontón Jai-Alai de Gernika), con un tema titulado Guern-irak, juego de palabras que busca fundir nuestra castigada Guernica e Irak, dos símbolos de la estupidez y la sinrazón de las guerras.
Fue Morente un ejemplo a seguir, muestra de que la natural defensa de las tradiciones no se debe confundir con inmovilismo, con cerrazón, pues es compatible con la curiosidad, la investigación, la apertura, la innovación, la vanguardia.
Se fue Lete y se ha ido Morente. Antes les llegó la hora a José Saramago, a Miguel Delibes, a Luis García Berlanga… Parece que la cultura con mayúsculas pasa una mala racha. Queda la sensación de que se están yendo los mejores. Y la duda de si habrá recambio, de si no nos estaremos quedando solos, sin referentes, aunque quede su legado, sus canciones, sus escritos, sus imágenes, su obra; tradicional consuelo cuando la tragedia golpea al mundo de la creación.
2 comentarios:
No se van los mejores, mi querida amiga. Se van los valores consolidados, pero eso es ley de vida.
El reto para todos, y sobre todos para los poderes públicos, es fomentar el recambio, y descubrir y ayudar a consolidarse a los valores emergentes que luchan por abrirse paso en el difícil mundo del arte.
Esa sensibilidad cultural abierta a todo valor cultural venga de donde venga te honra a ti y a tu gobierno y eso es lo que necesitamos, valorar el talento sin mirarle el pasaporte ni el origen.
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