Como cada mañana, hoy he echado un vistazo al Berria y he comprobado que Patxi Huarte (Zaldieroa) me otorga protagonismo en su tira cómica. Bajo el título de “Bikoizketa lanak” (Trabajos de doblaje), “Idoia Mendia Produktions” brinda una grabación en la que los encapuchados de turno aseguran que “gracias al cambio del lehendakari Patxi López, aquí hemos alcanzado libertad, paz y democracia”. Y terminan su alocución dedicando vivas al lehendakari, cuya caricatura se felicita por lo mucho que han ganado los vídeos de los etarras con el doblaje. Esto vuelve a demostrar que en Euskadi también se puede hacer, y de hecho se hace, crítica con sentido del humor. Un hecho positivo y reconfortante, un sano ejercicio que se debería prescribir sin reservas.
No obstante, chistes al margen, y centrándome en la idea contenida esta vez en De Rerum Natura, lo que Huarte plasma en sus tres viñetas tampoco es lo que queremos escuchar; aunque sí es cierto que la sociedad vasca quiere oír otra cosa. Tras medio siglo de extorsión, llamaradas y asesinatos, ya es hora de que se quiten la capucha, entreguen las pistolas y se dediquen, por ejemplo, a trabajar. Recíclense, por favor. En el siglo XXI, cuando Euskadi apuesta por la innovación, la modernidad, la vanguardia, sin renunciar a sus raíces, a su carácter, a sus admirables rasgos distintivos, ¿quién se siente representado por esos tres teleñecos que nos dicen cómo tenemos que actuar?
Como afirmó el lehendakari, la sociedad vasca ya no se conforma con respiros bajo vigilancia, queremos respirar la libertad a pleno pulmón, sin la tutela criminal de nadie. Nada le debemos a ETA, y son ellos los que nos deben el cierre a décadas de sufrimiento, destrucción y deterioro de la convivencia. La pelota sigue estando en su tejado.
Porque lo escuchado en su última interpretación no nos aclara ni nos garantiza nada. Se queda corto y decepciona incluso a esa parte de Batasuna que apuesta por avanzar únicamente por las vías políticas y democráticas. Dicen que nos dejan tranquilos un tiempo, para ver si somos capaces de satisfacer sus objetivos en materia de territorialidad, autodeterminación e independencia. Y si la democracia no les cubre de dádivas, “ETA no cejará en su esfuerzo y lucha”. ¿Lucha?
Txelui (Moreno), ¿dónde está la letra pequeña? ¿Dónde pone, o cuándo se dice, que esto es el final del final, que renuncian a toda forma de violencia para siempre? ¿En el reverso del papel? ¿En algún pasaje subliminal, en algún mensaje emitido por debajo del umbral de percepción consciente en esa película que agrede a nuestra vista e insulta a nuestro intelecto y a la ikurriña insertada entre el atrezo, saltándose así un pilar esencial del cine Dogma, dicho sea de paso? Por otra parte, presentar a ETA como adalid de la no violencia, es de traca.
Los cabecillas de la organización terrorista ya saben lo que tienen que decir. Incluso la historia del cine puede prestar un buen título a su próxima cinta: rompan el encasillamiento, no se queden con Sin novedad en el frente, apuesten por Adiós a las armas o El fin de la violencia. Wim Wenders y Ernest Hemingway agradecerán el guiño. La vida es bella. No se limiten a atender las peticiones de Bruselas y escuchen al pueblo al que dicen representar. Es un clamor.
Como ficticia productora audiovisual, añadiré que lo único que chirría en los tristemente célebres vídeos no es el guión, previsible, poco profundo, confuso y asido con alfileres; un monumento al déjà vu. El diseño de vestuario, la producción y la fotografía también les procurarían peso en candidaturas de premios al peor cine, tipo Razzie. Aunque, lamentablemente, los cientos de litros de sangre que han derramado no eran sucedáneos a base de ketchup, sus producciones tienen más de cine documental que de ficción, y todo el terror provocado no es una pesadilla de la que podamos despertar sudorosos con un simple pellizco. Ya nos han fastidiado bastante. Ya es hora de bajar el telón, de cerrar su macabro circo de los horrores, de pasar los esperados títulos de crédito.
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